El Caballo Extraviado de Erickson

Milton Erickson relató una historieta a modo de metáfora para hablar del poder interior de cada uno. Dicha narración ilustra a la perfección la labor de un coach.

 

“Un día apareció en el patio de la granja en la que yo vivía de niño un caballo extraviado. Nadie sabía su procedencia y no tenía ninguna marca que lo identificase. No era cuestión de quedarse con él, porque era evidente que pertenecía a alguien.

Mi padre decidió devolverlo. Se montó en el caballo, lo llevó a la carretera y simplemente dejó que el instinto del caballo les condujese al dueño. Sólo intervenía cuando el caballo abandonaba el camino y se detenía a comer o se metía en uno de los campos colindantes. Cuando lo hacía, mi padre lo obligaba a volver a la carretera.

De esta manera, el caballo no tardó mucho en llegar a casa del dueño. Éste se sorprendió al ver al caballo y le preguntó a mi padre cómo se las había arreglado para averiguar quién era el dueño.

Mi padre respondió: “¡Yo no sabía quién era el dueño, pero el caballo sí! Todo lo que hice fue mantenerlo en la carretera.”

 

Confiar en que cada uno tiene las respuestas es un trabajo de valor en esta sociedad en la que uno desconfía tanto de sí mismo y en la que todos nos creemos con la sabiduría oportuna para dar consejos a diestro y siniestro.

 

Para mí fue una de las ideas más difíciles de cambiar y, a día de hoy, sigo fortaleciendo ese hábito. ¿Sabes por qué? Porque he comprobado que es la mejor manera de ayudar. Pensaba que no, pero las personas nos hacemos responsables y tomamos cartas en el asunto cuando somos nosotros mismos los que nos percatamos de la realidad, en lugar de ser otro el que nos la cuenta.

 

La gente tiene la sabiduría interior necesaria. El verdadero facilitador, el auténtico coach, se limita a impulsarte. Se encarga de motivar, encarrilar, y ampliar la consciencia para que veas lo que realmente eres capaz de hacer.

 

Goethe dijo una vez: “Lo mejor que puedes hacer por los demás no es enseñarles tus riquezas, sino hacerles ver la suya propia”. Os garantizo que es verdad.

 

Las veces que yo andaba como un caballo extraviado, lo que más agradecía y me ayudaba era que reconociesen mi importancia, confiasen en mí y me motivaran para seguir adelante.

Caballo extraviado

Estos procesos de transformación pueden durar más o menos; pero, sin lugar a dudas, el coach acelera el proceso y facilita la transformación.

 

El coaching nace de la mayéutica socrática. Sócrates decía: “Solo sé que no sé nada”. La explicación que da el padre de Erickson en esta anécdota es : ”Yo no sabía […], pero el caballo sí”. Queda claro que reconoce no saber y, por ende, confía en que el caballo sí que sabe. De esta manera, todo lo que hace es mantenerlo en la carretera. No le deja ni abandonar ni distraerse; le ayuda a ser más eficaz y a focalizarse en su objetivo.

 

Y esto, queridos amigos, es el coaching.

 

¿Cuál es la buena noticia? Pues que para tener esta actitud en la vida no hace falta ser coach. Cualquiera de nosotros puede tenerla con la gente que le rodea. De hecho, esta es mi recomendación: prueba durante siete días a confiar en el potencial de los demás.

En tu casa, con las amistades, en el trabajo, universidad o instituto… allá donde estés. Si te sale dar consejos… muérdete la lengua y recuerda que es solo durante siete días. En lugar de sugerir… ¡pregunta! Escucha, comprende, acompaña y anima.

Si el resultado te parece más útil que andar dando tu opinión, entonces alarga ese período de prueba a veintiún días. Te propongo convertirlo en un hábito. ¡Recuerda la gran fuerza que tienen las preguntas poderosas!

 

Guarda en tu memoria por siempre este breve relato tan revelador. Seguro que te dice algo a ti personalmente.

 

¿Habías oído hablar antes de esta manera de pensar?, ¿dónde?

 

Te recomiendo mi post titulado “¿Es el Coaching para mí?” donde podrás ampliar tu idea del coach con mayor exactitud.

 

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